10 sept. 2014

Capítulo 17


El suelo se movía rápido sobre su cabeza. Sentía una pesadez general en el cuerpo y el movimiento bamboleante le producía nauseas.

Tardo un rato en darse cuenta que estaba colgando sobre el hombro de una criatura enorme, atado de pies y manos. Afortunadamente la diadema de Ravenclaw seguía ceñida en su cabeza y una dureza contra su costado izquierdo le indicaba que la varita también estaba a salvo en el bolsillo.

Estaba suspendido a unos tres metros de altura y su captor hedía a sudor, sangre y mugre acumulados por décadas. Giró la cabeza y contempló la nuca del gigante. Llevaba el pelo sujeto en una trenza tejida con huesos que le llegaba hasta la cintura. Su ropaje consistía en un chaleco de pieles unidas sin cuidado y debajo un taparrabo de cuero.

Junto con Voldemort iban un una bolsa sanguinolenta llena de presas y en el otro hombro llevaba un enorme ciervo macho.

Otros dos gigantes se sumaron a la caravana lanzándose gruñidos y sonidos guturales entre sí. El más pequeño cargaba un cuenco del tamaño de una bañera lleno de frutas y el tercero otro tanto de cadáveres de diferentes animales.

Voldemort se movió, intentando zafarse pero el gigante lo sujetó con su manaza impidiendo todo intento de escape. No podía hacer más que dejarse llevar y llegado el momento valerse de su astucia y magia para huir.

El paseo parecía eterno, los tres gigantes marchaban pesadamente atravesando el bosque, cruzando ríos y jadeando cuando bajaban por las empinadas laderas montañosas. Con el sol avanzando en lo alto del cielo ellos se internaban en el corazón de un profundo valle donde la vida se volvía más salvaje y ajena a todo contacto civilizado.

Allí donde ningún humano sería capaz de llegar por sus propios medios los gigantes habían construido su hogar, rodeados de paredes de piedras cavernosas y un suelo rocoso bañado por las heladas aguas de una laguna a medio congelar.

No serían más de una centena pero aún así el espacio no alcanzaba, todos se apretujaban al amparo de salientes naturales de la montaña, apiñados alrededor de enormes hogueras que derretían la nieve a su alrededor.

Allí abajo, la sombría hondonada no era calentada por el sol y el invierno se hacía eterno.

A pesar de su altura (desde 3,5 metros hasta 7) parecían indefensos ante las inclemencias del tiempo y no eran demasiado hábiles o inteligentes como para construir refugios o protegerse dentro de las cuevas, las que sólo usaban ocasionalmente para guardar los alimentos.

Donde otro vería un fin muy violento para su vida, Voldemort encontró un gran potencial, y aunque seguía atado, se dio cuenta de que sería tremendamente útil tener a los gigantes como aliados.

Sabía lo suficiente sobre esa raza para intentar trabar un lazo de servicio a favor de su causa contra los muggles.

En Hogwarts había estudiado a los gigantes y luego encontró información adicional en la biblioteca de Ismelda, en Viena. Tenía que encontrar al Grug, el líder de la comunidad y conquistarlo con presentes para ganar su atención, pero sin descuidar el delicado balance de poder que se establecía allí, porque si algo caracterizaba a los gigantes era su temperamento volátil y sus cambios de humor que siempre terminaban en masacres sangrientas.

Su captor lo arrojó sin cuidado a los pies de otro gigante y empezó a gesticular con aspavientos y sonidos indescifrables para Voldemort, pero que el otro gigante comprendía a la perfección porque se agachó e hincó al mago con un dedo. Su olor corporal hacía llorar los ojos y sus dientes estaban resquebrajados e inmundos.

-¡Libérenme! –exigió Voldemort, sin moverse demasiado para no alarmarlos.

El gigante se puso de pie y gruño enojado. Otros se acercaron a ver que pasaba, componiendo expresiones curiosas o de desconfianza en sus rostros.

El cielo se nubló anunciando tormenta y los truenos crujieron sobres sus cabezas, pero nada se comparó con el rugido de un enorme gigante que hizo encoger a los demás.

Era él, el Grug. Su corpulencia lo delataba como un ser que no sabía lo que era hacer actividad física. Una enorme barriga le colgaba flácida y prácticamente no tenía cuello era todo pliegues de papadas y carnes flojas. Su cabello era un enredo de gruesas hebras pardas que se mezclaban con su tupida barba y espesas cejas. De pequeños ojos azules que reflejaban barbarie y enormes pies enfundados en botas de pieles, todo en él despedía un aire dominante, casi cruel.

Con un par de gestos indicó que le trajeran al mago, mientras él se sentaba en una especie de trono construido con rocas y troncos forrados con cuero negro. Voldemort fue trasladado hasta el lugar seguido por casi todo el grupo de gigantes.

El Grug se acomodó y enseguida todos hicieron silencio. El repiqueteo de la lluvia fue lo único que se escuchó por unos segundos.

-Grug de los gigantes, quiero hablar con usted –dijo Voldemort en voz alta, esperando que lo entendiera e intentando ganar tiempo. Si tan solo lograra llegar hasta su varita se sentiría mucho mejor.

Un gigante flacucho en comparación con los demás se coló entre los demás hasta llegar a donde estaban ellos y dijo algo en voz alta. Luego miró a Voldemort para agregar con un extraño acento.

-Hablorr tu idioma, humano.

-Vengo en son de paz, quiero mostrarle mis respetos al Grug…

El otro tradujo e hizo lo propio con su lider.

-Exige que demuestrrez cuan generozo puede serr un mago que quierre vida.

-Entonces libérenme –pidió extendiendo las manos.

-Lo harrá, pero si intentar escaparr –le mostró su enorme garrote en señal de advertencia.

Una vez libre de toda atadura Voldemort sacó su varita e inmediatamente sintió como el ambiente se tensaba. Si bien los gigantes tenían fuerza y era muchos no podían hacer nada ante el poder de un mago.

Voldemort decidió jugar sus cartas e intentar ganar su confianza para lograr que se unan a su bando. Después de todo el terror que sembraría en sus enemigos una manada de gigantes sería increíblemente útil.

-¡Grug! –Exclamó levantando las manos y mirando a los ojos de su interlocutor-. Me llamo Voldemort y he venido desde Inglaterra para demostrarle cuanto estimamos a los gigantes allí.

Esperó a que lo tradujeran.

-Si así lo quiere me gustaría que, cuando llegue el momento, usted y los suyos se unan a mis filas… contra los muggles.

El Grug respondió de inmediato en su idioma.

-Él quiere saberr que gana, preguntar ¿Porr qué deberíamos pelearr a su lado?

El lider de los gigantes dijo algo más y golpeó el apoyabrazos con el puño.

-Los magos exiliarnos hasta obligar a vivir como bestias…

Voldemort los miró a todos antes de responder.

-Los magos, lamentablemente, nos vimos obligados a hacer eso por temor a que los muggles descubran su existencia… pero no todos estábamos de acuerdo- caminó hacia el Grug-. Algunos pensamos que deberían ser libres y poblar la tierra a su gusto.

La traducción fue recibida con buen ánimo y gritos ansiosos, pero el Gurg no se dejó convencer, entornó sus ojitos intentando descifrar al mago. Gruño un par de sílabas y se puso de pie.

-Una mueztrra de que sus palabraz no son sólo aire.

-Bien –Voldemort sonrío, buscando con la mirada hasta dar con un corral de ovejas lanudas que había visto al llegar-. Aquí va una pequeña demostración…

Los gigantes se abrieron y el Grug se volvió a sentar, mirando con impaciencia lo que estaba por hacer el mago.

Voldemort abrió el corral, consiente que tenía toda la atención puesta en él. Instó a los animales a que escaparan, lo que alteró un poco a sus espectadores pero ni bien las ovejas corrieron unos metros exclamó:

-¡Engorgio!

Las ovejas aumentaron de tamaño hasta alcanzar el de un elefante. Los gigantes se emocionaron y empezaron a perseguirlas lanzándose sobre ellas, aunque tardaron largo rato en tenerlas sujetas.

El grug, que no se había movido ni expresado nada, miró a Voldemort y aplaudió en señal de aprobación, luego señaló una cueva.

-Dormirr allí, Mañana más magia.

Con el amanecer llegó la hora de continuar con el show, y Voldemort ya sabía que número seguía. Esperó impaciente a que lo llevaran ante el Grug para hacer otra demostración de magia, esta vez había planeado algo más entretenido, algo que iba a llamar la atención de todos los gigantes y los iba a mantener interesados por mucho tiempo.

Como el día anterior, lo escoltaron hasta el trono y lo dejaron actuar, gruñendo y entornando los ojos, expectantes al obrar del mago.

Con teatralidad, Voldemort lanzó tres piedras al aire y con un rápido hechizo las volvió vidriosas y brillantes, tanto que al tocar el suelo nuevamente rodaron en varias direcciones emitiendo un resplandor anaranjado intenso.

Todos se apartaron despavoridos y el Grug se levantó dango un respingo que hizo temblar la tierra.

Antes de que alguno interviniera Voldemort hizo levitar las gemas incandescentes.

-¡Wingardium Leviosa!

Las llevó hasta una pequeña laguna de aguas heladas y las depositó en el fondo. Al instante el agua comenzó a burbujear y un ligero vapor se desprendió de su superficie.

Había convertido el agua en un cálido manantial templado que resplandecía como el sol.

Uno de los gigantes fue obligado por otros a meterse y entre aullidos lo arrastraron y tiraron a la laguna que rebalsó en olas. Tensos segundos se dilataron cuando él salió todo empapado pero feliz por la temperatura que había adquirido el agua.

Los demás gigantes lo siguieran y comenzaron a pelearse por meter sus mugrientos cuerpos al manantial.

Voldemort contempló la escena, contento consigo mismo. Esas bestias eran fáciles de comprar. Volteó para mirar al Grug directamente a sus pequeños ojitos malvados. Él le sonrió con dientes podridos y levantó su pulgar.

Voldemort se paseaba en el interior de la cueva concentrado en su próximo movimiento. El aire gélido se colaba por la entrada de la misma ya que esta vez no lo habían encerrado, al parecer los gigantes habían concluido en que el mago era de fiar. Aún se los podía oír chapoteando en el agua caliente como si fuera lo mejor que les pasó en la vida.

Voldemrot no era tonto, sabía que necesitaba algo más que convenciera al Grug de seguirlo a la guerra, tendría que proponerles un buen trato o por lo menos que ellos creyeran que se llevaban la mejor parte. Necesitaba usar su fuera y carencia de remordimientos para amedrentar a sus enemigos y presentarle a sus futuros aliados un refuerzo que les infundiera confianza y arrojo.

Sabía que si contaba con esos híbridos los magos, que como él, despreciaban a los muggles, se sentirían más seguros, además de que sacaría a los gigantes de plano de juego. Los tendría él o nadie más.

Casi antes de dormirse se le había ocurrido la idea y para ello les pidió a los gigantes que lo dejaran marchar. En un principio se resistieron pero Voldemort les dejó, como evidencia de que regresaría, la hermosa diadema de Ravenclaw, lo que mitigó un poco la desconfianza del Gurg.

Ahora que Voldemort podía volar no tardó más de un día en ir y volver con el último regalo para los gigantes y esperaba que ellos se sintieran complacidos.

El sol del mediodía se ocultaba detrás de unas nubes negras que oscurecían el valle.

Voldemort dejó sin cuidados un bulto a los pies del Grug.

-Esto –señaló-. Señor de los Gigantes, es una muestra de que yo no estoy jugando.

Esperó que tradujeran.

-Las sangres sucias han sido el motivo por el que los magos obligaron a su noble raza a esconderse, a ocultarse y vivir como animales.

Después de la traducción varios gigantes gritaron apoyando sus palabras.

-Si pudiéramos dominar a esta raza inferior y no temer amostrar nuestros poderes- Hizo una pausa y los miró-. Todos ustedes podrían vagar libremente y obrar a voluntad.

Más vítores se sumaron, aunque el Grug seguía impasible.

-Quiero emprender una lucha contra todos lo que intenten proteger a los Muggles, aquel que impida que los verdaderos magos los dominemos serán derribados y ustedes…

El Grug alzó las manos pidiendo silencio.

Voldemort esperó y luego continuó:

-Y ustedes serán una parte importante de mi lucha ¡Con su fuerza brutal dominaremos y doblegaremos voluntades!

Muchos levantaron los puños y exclamaron afirmaciones.

-Y con esto quiero demostrarles que nadie ni nada se interpondrá en nuestro camino…

Destapó el regalo para los gigantes.

-¡Ennervate!

El anciano campesino albanés abrió los ojos lentamente. Miró a todos lados, sin caer en cuenta de donde esta. Poco a poco se incorporó y observó la escena, confundido, pensando que se trataba de un sueño. No recordaba como llegó hasta allí, sólo sabía que cuidaba sus cultivos cuando se desmayó.

-Ponte de pie. Muggle y enfrenta tu merecido final.

El anciano empezó a comprender y sus ojos se abrieron redondos al ver a los monstruos.

Un grito de terror se trabó en su garganta y sus piernas flaquearon.

Los gigantes estaban frenéticos, querían atacarlo.

-¡Libertad para ustedes! ¡Síganme y podrán vengarse!.

El Grug se puso de pie y observando, divertido, pasó su dedo pulgar por su cuello en señal de degollamiento.

-¡Avada Kedravra!

Una espeluznante luz verde iluminó el lugar.


2 comentarios:

  1. ·O·

    ¡No sabía que escribías esto! Estoy muy fuera de onda hace mucho tiempo, supongo. ¡A ver si me puedo poner al día!

    Besotes y seguí así ♥

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