10 jul. 2014

Capítulo 10

Ese invierno Tom durmió en las frías calles austriacas.

Corría enero de 1954, parecía que hacía sólo unos meses que había comenzado su viaje pero ya llevaba cinco años recorriendo Europa, buscando conocimientos mágicos, aprendiendo artes oscuras e intentando conquistar la muerte.

Sin pensarlo había cruzado la frontera de Alemania a Austria aún con el recuerdo del fuego ardiendo en sus ojos. Invocó Fiendfyre, el fuego maldito, y le ordenó que arrase con Magienschen, el pueblo cuyos habitantes intentaron tenderle una trampa mortal y que por ello, sufrirían un cruel destino.

Nunca pensó que dormir al aire libre y vagar por Viena sería tan duro, pero lo era. Después de la mala experiencia con el nigromante no quería confiar en la hospitalidad de nadie y se había vuelto mucho más cauteloso respecto a quienes conocía.

Ni bien pisó las calles vienesas le llamó la atención la gran cantidad de magos que deambulaban por allí. Muchos habían perdido sus varitas y pertenencias luego de que Gellert Grindelwald fuera derrotado, dejando a sus seguidores en la miseria. Él conocía bastante la obra del mago tenebroso pero le había parecido patética su reticencia a invadir Inglaterra, conformándose con algunos países del centro de Europa. Si él hubiera estado en su lugar no dudaría en conquistar todo el mundo mágico, sometiendo a su voluntad a quién se le interpusiera en el camino.

Como se negaba a dormir en los pórticos o escaleras de los edificios a la vista de todos, o cubierto con periódicos junto a los demás vagabundo que poblaban los callejones sucios, prefirió quedarse en un banco de piedra que encontró en un rincón de un gran parque. Allí, alejado de las miradas curiosas y de los peatones, se acomodó con sus escasas pertenencias.

Le quedaban a lo sumo un par de monedas de bronce, pero tenía lo más importante: su querida varita de tejo, aquella fiel amiga que nunca le fallaba. Con ella en su poder estaba protegido y a salvo. Si llovía, proyectaba un escudo contra el agua, si tenía frío usaba "Incendio" para mantenerse caliente, creando unas llamas portátiles y, a pesar de no poder producir comida de la nada por la ley de Transfiguración Elemental de Gamp, usaba Accio para robar pan fresco o cualquier cosa que quisiera de las panaderías o mercados. Si bien le hubiera gustado comer comida caliente y vivir bajo el cómodo techo de una casa, no iba a permitirse esos lujos a riesgo de perder su vida como recientemente le había pasado.

Solía meterse en la biblioteca pública a pasar las crudas mañanas resguardado del viento. Descubrió que detrás del estante número siete había un pasadizo secreto que llevaba a la biblioteca mágica que permanecía oculta a la vista de los muggles. A cambio de un knut se había hecho socio, lo que le permitía quedarse hasta las ocho de la noche y leer todo lo que quisiera, además la bibliotecaria, una amable señora que olía igual que sus libros viejos, le daba café o té, gratis.

Un día, arrebujado en su capa de piel (qué le había sustraído al nigromante) caminaba por las heladas calles en dirección a su banco. A esa hora no había un alma en el parque, a lo sumo podía oírse el maullido de un gato callejero o los cantos rasposos del los borrachos que andaban zigzagueando sin rumbo.

-¡Eh! ¡Tú! –lo llamó una voz de hombre.

Tom buscó con los ojos entrecerrado, le costaba distinguir las cosas en la penumbra.

-Aquí estoy –se ubicó el hombre, moviendo un brazo en alto.

-¿Qué quiere?

El vagabundo se acercó con confianza.

-He visto que duermes en ese banco detrás de los arbustos.

Tom entornó los ojos y apretó la varita.

-¿Y eso qué?

-Nada, nada. Es sólo que no te reconozco y créeme, se el nombre de cada uno de los que vivimos en este hermoso parque –escupió en el piso con descaro-. No pareces estar acostumbrado a este estilo de vida…

-Déjeme en paz.

Cuando Tom se ubicó en su banco y se acomodó para pasar otra noche bajo las estrellas, el hombre apareció de nuevo.

-No quiero molestarlo, pero soy una especie de… padre para todos los nuevos.

-Maté a mi padre, no necesito otro.

-Debió de haber sido un hombre terrible para merecer morir a manos de su propio hijo –comentó con una media sonrisa y se sentó en el banco contiguo al de Tom.

-Si tiene algo más que decir…

-Duerme usando tu bolso como almohada –aconsejó, sacando una petaca arruinada de su bolsillo-. Nunca pierdas de vista tus pertenencias, porque por más magia que tengas siempre hay un ladrón cerca. Jamás molestes a los demás porque solemos ser muy vengativos ¿Tiene dinero?

-Si tuviera no estaría en este sitio. ¿Acaso usted es mago?

-¿Serlo? Depende, acaso sin una varita en mi poder podría considerarme alguien digno de llamarse así, a pesar de haber estudiado en Durmstrang –escupió con odio y perdió la mirada en el horizonte por un rato -¿Alguna vez durmió al aire libre?

-De chico, mis compañeros del orfanato y yo, acampábamos en la costa –respondió Tom, envarado

-Esto es igual de divertido ¿No? –se echó a reír con ganas hasta terminar tosiendo-. Tienes potencial para salir adelante, mi olfato nunca falla. Primero necesitas mejorar tu aspecto y para eso no te vendría mal algo dinero sumado a un poco de mi astucia…

Ahora le tocaba a Tom reír.

-Aunque no me creas, te propongo un intercambio.

-No voy a negociar con un vagabundo.

El hombre no se dio por aludido y bebió varios tragos de su petaca como si fuera agua, pero el fuerte olor a alcohol lo delataba.

-El propio Grindelwald me enseño muchas cosas… lo conocí de joven y sabía que llegaría lejos hasta que ese maldito día se enfrentó con Dumbledore, él mago inglés, y este lo derroto… yo creo que Grindelwald se dejó ganar. Había algo raro entre esos dos. En fin, mañana a primera hora volveré por ti. Piensa sobre lo que hablamos, no pido mucho a cambio. ¡Ah! Por cierto, me llamo Hafthor.

Dicho esto se marchó rengueando hasta ser tragado por la niebla que flotaba sobre el césped.

Después de una noche incomoda en la que le costó conciliar el sueño, Tom se despertó con la cara de Hafthor a pocos centímetros de la suya, inundando el aire frío de la mañana con su aliento podrido.

-Arriba, arriba.

-Aléjese.

-No deberías empezar el día con tan mal humor. Primero deberíamos desayunar.

-¿Dónde?

-Cerca del Wurstelprater, ahí siempre dan comida a los necesitados. Está lleno de muggles y magos por igual. Verá que cuando hay hambre no hay pan duro ¿Qué me dice?

-Qué no compartiré mesa con un montón de sucios muggles…

-Necio –se burló Hafthor-. Lo único que lo distingue del resto es su varita, joven, porque usted esta igual de sucio y pobre que lo demás. Como no puede vivir del aire le recomiendo que empecemos por darnos prisa. Siempre es bueno llegar a tiempo.

Tom se revolvió en el duro banco. Se sentía impotente, mugriento con la ropa pegada al cuerpo y un feo sabor en la boca. No tenía más remedio que seguir a Hafthor.

-Anoche dijo que iba a proponerme algo –recordó Tom, mientras empezaban a caminar por las desiertas calles vienesas.

-Si, luego de comer hablamos. Muero de hambre.

Una pequeña fila de hombres se extendía frente a un edificio descascarado. De a poco avanzaban y se perdían en el calido interior de dónde salía un olor extraño, mezcla de cebolla, lavandina y avena.

-¡Delicioso! –Comentó con ironía Hafthor, restregándose las manos-. Aunque mejor que nada.

-Puedo robar comida con mi varita –comentó Tom, a medida que ingresaban en un gran recinto lleno de mesas.

Parecía una versión decadente del salón de Hogwarts, pero en vez de jóvenes estudiantes disfrutando grandes banquetes había muchos indigentes comiendo una patética avena, concentrados en sus miserias.

-Robar, buena idea, pero tengo que hablar con el encargado de este lugar y necesitamos estar adentro. Así que luego podrás hacerlo.

El desayuno se terminó rápido y los policías muggles los sacaron a todos. Tom y Hafthor (quién había conseguido una botella de aguardiente) se encaminaron de nuevo al parque.

-Te voy a contar algo –empezó-. Cuando Grindelwad estaba en su apogeo no simpatizaba mucho con la idea de tener mujeres entre sus filas. No porque sean menos poderosas –comentó Hafthor-. Según él, eran proclives de dejar que sus sentimientos interfirieran en las misiones que se les encomendaran. Él siempre estaba rodeado de hombres, aunque no le faltaban féminas… en mi opinión se debe contar con las mujeres correctas y verás que con dos o tres apasionadas por tu causa no será necesario un gran ejercito.

-¿Y?

-¡Qué impaciente! Bueno, estas mujeres, cuyos maridos e hijo podían estar en el centro de la acción, organizaron un club dónde reunirse para hacer el apoyo moral. Cuando todo terminó no fueron perseguidas y contaban con el suficiente poder, dinero o ambos para mantener su posición. Claro que muchas enviudaron o sus maridos tuvieron que ser enviados a prisión igual.

Algunas siguen yendo a este lugar a pasar el tiempo, recordar mejores épocas, no sé, las conozco a todas pero obvio que ellas no me dan ni la hora. Soy un sucio, pobre y borracho mago que no tiene ni varita pero estoy seguro de que le prestarán atención a un joven atractivo como tú.

Hablé con el encargado del comedor, por unas monedas te dejará usar el baño principal para que te arregles. No podemos obrar si tienes ese aspecto.

-¿Cuándo? –inquirió Tom procesando todo, no tenía tan en claro el pan.

-Mañana –respondió Hafthor, volteando su botellita de vidrio de la que cayeron unas pocas gotas de alcohol-. Mierda. –arrojó la botella con tal ferocidad y anarquismo que Tom se sobresaltó cuando está impactó en el suelo partiéndose en miles de pedacitos.

-Y usted qué gana –preguntó Tom, aún sorprendido.

-Para empezar un fuego mágico portátil –Hafthor señaló las llamas azules que Tom conservaba en una lata de galletas-. Si tienes éxito, cosa que no dudo, un poco de dinero no estaría mal, tampoco.

Tom intentó usar Legeremancia (que había estado aprendiendo con los libros robados del hostal de Arúspico) para saber si le mentía, pero no detecto nada negativo.

-¿Para mi, qué?

-Eso depende de tu habilidad para engatusarlas y de cuan dispuesto estés a involucrarte. El límite lo pones tú. ¿Aceptas?

Tom caviló sus posibilidades. Claro que sería interesante ver hasta dónde podría llegar y si en el camino sacaba una tajada de dinero, comodidades y un buen baño, no estaría mal probar. Después de todo, esas mujeres eran unas simples y solitarias viudas.

-Lo haré –aceptó con determinación, pero se recordó a sí mismo que no debía confiar en nadie, especialmente en Hafthor quien parecía ocultar demasiadas cosas para tratarse de un vago callejero. Apenas pudiese tenía que deshacerse de él, quién extrañaría su sucia cara.

Luego de desayunar otra vez la pegajosa avena del comedor, Hafthor se alejó a hablar con un hombretón de rostro serio que usaba un delantal impecable haciendo juego con su peinado engominado. Intercambiaron un par de palabras y el vagabundo le hizo señas a Tom para que se acercara.

-Este buen caballero –dijo, señalando al hombre-. Te dejará usar el baño, allí encontrarás todo lo que necesites.

-Primero el dinero –exigió el encargado.

-Si, si, claro. Tome, como lo acordamos.

-¡Entre! Tiene diez minutos.

-Eran quince –se quejó Hafthor.

-Si no quieres que sean cinco, será mejor que entre de una vez.

El lugar era simple, limpio y olía a lavandina como el resto del comedor. Un espejo colgaba sobre el lavamanos, una bañera reposaba en un rincón rodeada por una cortina blanca y el inodoro tenía productos de limpieza y papel higiénico en cantidad colocados a un lado.

Tom se contempló en el espejo. Realmente lucía horrible, tenía barba y el cabello enredado y sucio, largo hasta los hombros. Jamás se había visto peor, incluso cuando vivía en el orfanato siempre contaba con ropa limpia, jabón a mano e incluso cada tanto llegaban zapatos nuevos y les cortaban el pelo con esmero.

Se tomó su tiempo para afeitarse, lavarse y se cambió la túnica por una azul que le había dado Hafthor. Al terminar se sentía como nuevo, listo para conquistar cualquier cosa que quisiera.

-¿Qué tienes aquí adentro? –Preguntó el vagabundo, sosteniendo el bolso de Tom-. Pesa muchísimo.

-¡Déme! Eso no lo importa. Si vuelve a tocar mis cosas lo lamentará…

Hafthor levanto las manos disculpándose.

-Vámonos.

Llegaron frente a un elegante bar y se detuvieron a pocos metros de las ventanas, que les permitían ver con claridad a los refinados comensales engullendo enormes cantidades de carne horneada con salsas, bebiendo Schnapps o vino. El lujo resaltaba por todos lados contrastando con lo que se vivía en las calles, donde cada diez metros un mendigo pedía limosnas para alimentarse.

-¿Ves a esa señora elegante? -Señaló Hafthor, susurrando al oído de Tom e inundándolo con su rancio aliento.

-¿La que usa muchas pieles?

-Si, la misma… ella, más bien su infortunado marido apoyaba a Grindelwald pero ahora que él no está y ella quedó viuda, suele sentirse –el vagabundo se rasco el mentón pensativo-. Sola, digamos, por lo que le gusta rodearse de jóvenes interesantes… como tú.

Tom lo miró con incredulidad.

-¿Mi boleto a una vida mejor es seduciendo a una vieja?

-¡Ah no seas quejoso! Y no es una vieja –repitió usando un tono burlón-. Es una fina dama. Si juegas bien tus cartas ambos pasaremos un cómodo período en esta hermosa ciudad.

Tom contempló a la mujer, reflexivo. Le desagradaba la idea de Hafthor por muchos motivos, pero si lo pensaba bien siempre había usado sus encantos naturales para conseguir lo que deseaba. Prueba de ello era el hecho de haber engatusado a Hepzibah Smith y como recompensa obtuvo los dos preciados tesoros de los fundadores. Quizás esta mujer tuviera grandes cosas ocultas, sumado a que seguramente vivía en un cómodo hogar y él ya estaba arto del duro banco del parque.

-Si decidiera hacerlo ¿Cuál sería el plan? –preguntó con recelo.

-¡Ja! Ese es mi chico.

Aguantando el horrible aliento del hombre, Tom escuchó a medias porque a medida que el otro habla se le iban ocurriendo idea propias, mejoras en el plan que lo llevarían a una victoria asegurada. Definitivamente ya no necesitaría al vagabundo, en última instancia recurriría a una maldición y acabaría con la vida de ese taimado.

Como quien no quiere la cosa Tom se acercó al pequeño café, cuyo interior estaba atestado de magos y brujas distinguidos que charlaban entre si, excepto la señora que debía conquistar. Ella se sentaba sola en un rincón sorbiendo su bebida con delicadeza y contemplando con ojos tristes las demás mesas.

Él entró con la cabeza en alto y un aire despreocupado, intentando pasar como un cliente más.

-¿Señor, puedo ayudarlo? –preguntó un empleado del lugar, desconfiado.

-Imperio –murmuró Tom-. ¡Vete!

Por suerte el hechizo funcionó a la perfección.

Sorteando las mesas se acercó a su objetivo por la espalda.

-Disculpe… pero una dama tan refinada no debería estar sola durante el almuerzo.

Ella volteó poniendo cara de nada.

-¿Quién es usted?

-Me llamo Tom, soy un viajero inglés que llegó por casualidad a esta preciosa ciudad.

-Estoy esperando a mi marido. Puedes marcharte espetó ella, indiferente.

-Siento molestarla, pero si una dama viste de negro y cubre con un velo parte de su hermoso rostro, como usted lo hace –apuntó Tom-. Son señales de viudez.

-Me atrapaste –dijo ella fastidiada-. No tengo ganas de…

-Orchideous –susurró Tom, y de la punta de su varita salió un ramo de flores-. Para usted, por las molestias que le ocasioné.

Ella tomó las flores, complacida y relajó la expresión.

-Son unas de mis favoritas. –Contempló el ramo unos segundos y agregó-. Siéntese conmigo, perdone mis modales.

Tom lo hizo sonriendo placenteramente. Lo había logrado, ella cayó en sus redes y no habría escapatoria.

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