27 jul. 2014

Capítulo 14

Con Hogwarts descartado por el momento como posible escondite para alguno de sus Horrocruxes, le tomó cierto tiempo encontrar un lugar alternativo. Los requisitos eran muchos, ya que no solamente necesitaba que el sitio fuese especial, sino que también debía ser discreto, de difícil acceso y tener una conexión con su pasado que sólo él pudiera establecer.

Mientras descansaba en la cómo habitación del hotel dónde se hospedaba, escribió una lista no muy extensa con opciones viables y otra con lugares descartados, ente ellos el orfanato dónde creció (ya que lo odiaba y resultaba bastante obvio) Hogwarts, el callejón Knockturn, los países extranjeros (sus Horrocruxes permanecerían dentro de las fronteras del territorio que algún día sería dominado por él). Por otro lado había pensado en Gringots el banco de los magos, un edificio altamente protegido y mágico que siempre había llamado su atención, pero de nuevo la conexión sería lógica, la única forma sería usando la bóveda de alguien, aunque no conocía a nadie de confianza para hacerlo.

-¿Riddle?

Tom, que estaba tomando una copa en la barra del bar, volteo a ver quién lo llamaba. Un hombre joven, alto y delgado con rostro alargado y dientes prominentes como de conejo le tendió la mano.

-¿No me recuerdas, Tom? Soy, yo, Kastus Nott, fuimos compañeros de casa en Hogwarts –dijo con una sonrisa que hacía destacar más sus incisivos.

-Jamás olvido a las personas.

-Que bueno tiempos vivimos… ¿puedo sentarme? –Señaló la butaca vacía al lado de Tom y se sentó antes de obtener una respuesta-. Ninguno supo más sobre ti, me refiero a los demás miembros de la pandilla… Los caballeros de Walpurgis –agregó poniendo una ridícula pose estoica.

-Decidí marcharme, tenía cosas que hacer, magia que aprender…

-Tú siempre tan dispuesto a mejorar. Recuerdo que tus notas eran puros Extraordinarios, no entiendo cómo lo hacías. Por mi parte sufrí bastante a la vieja Merrythought, aunque la pobre ya murió.

-¿Quién está a cargo de su materia? –inquirió Tom, interesado.

-No tengo idea, no mantengo mucho contacto con Hogwarts… el nuevo director es Dumbledore, nunca me cayó demasiado bien, ya sabes con todo ese discurso en favor de los muggles…

-Me alegra escuchar que tus convicciones siguen intactas.

-¡Ah! Si, si Tom. Sigo firme en ellas, pero cada vez somos menos –se acercó a Tom y bajó la voz-. Te diré que algunas familias nobles como los Black, los Malfoy, los Lestrange por nombrar unas cuantas piensan igual que nosotros sobre la pureza de la sangre y están dispuestos a luchar por ella, pero carecemos de organización… se necesita un líder.

Tom lo miró intrigado, no era el primero que mencionaba tal cosa (ya lo había hablado con Ismelda) pero aún no era el momento adecuado, no con tan pocos Horrocruxes en su haber.

-Nuestros compañeros de Hogwarts ¿Están dispuestos a reunirse?

-Claro que si, Tom –dijo sonriendo-. Nos desilusionamos cuando te fuiste, habíamos puesto fichas en ti.

-¿Estarían dispuestos a seguir mis ordenes?

-Yo pongo a mi familia y mi persona a tu entera disposición… no quiero que mis hijos cohabiten con sangres sucias y mestizo –su rostro adquirió una expresión de asco-. Voy a casarme esté otoño en una bonita locación costera, por lo que estoy un poco ocupado pero cuando pase esa fecha déjame organizar una reunión. Todos se alegrarán de verte.

-No tengo tiempo, tengo asuntos urgentes que atender –replicó Tom, terminando su trago y la conversación-. Te mantendré informado.

El encuentro con Nott le abrió los ojos en muchos sentidos. Era bueno saber que aún existían personas dispuestas a seguirlo en su cruzada contra los muggles y estaba decidido a armar un grupo de fieles que acaten sus órdenes para mantener controlados a los sangre sucia, pero un detalle que podría haber sido insignificante le dio una idea. Nott había hablado sobre casarse en la costa. Eso era, la costa.

De niño solía viajar a la allí junto con sus compañeros de orfanato. Era un pueblo empobrecido y gris que olía a salitre, además de que las playas eran escarpadas, bañadas por agua heladas donde resultaba imposible nadar.

Un verano fueron de excursión y él junto con dos niños más se rezagaron para terminar perdidos en el interior de una húmeda cueva. Tom había sentido como la magia brotaba en su cuerpo y terminó liberando más poder que nunca, asustando muchísimo a los pequeños. Fue divertido, perverso e interesante. Dennis Bishop y Amy Benson jamás volvieron a ser los mismos.

El frío viento le revolvía la túnica, le agitaba los cabellos y le helaba los huesos. A sus pies se extendía el acantilado que llegaba hasta el mar. A lo lejos podía distinguir una fina abertura entre las rocas, que se llenaba de agua cuando subía la marea. La cueva que estaba buscando no fue fácil de encontrar pero tras un duro esfuerzo lo logró.

De pronto sintió una presencia a sus pies, bajó la mirada y entre la maleza reseca distinguió una víbora común de color negro.

-¿No piensas atacarme? –preguntó Tom en Parsel, adivinando la intensión del reptil.

Ella lo miró y alzó la cabeza.

-Estás muy cerca de mi nido, aléjate.

-Tus huevos no me interesan.

-¿No eres un peligro?

-No para ti…

La serpiente se movió de su lugar y relajó la postura.

-Que bueno, los que son como tú invaden mi territorio e intentan matarme. Jamás había podido comunicarme con uno…

-Es porque soy diferente, especial.

-¡Hey, tú! ¿Quién eres? ¡Esto es propiedad privada! –Gritó un hombretón que miraba la escena con el rostro crispado de miedo-. Aléjese.

-El que se va a ir es usted, sucio muggle.

El hombre, aún más confundido, apuntó al mago con un rifle.

-Voy a disparar.

-Tu arma muggle no funcionará –advirtió Tom, preparando la varita-. Voy a matarte si no te marchas…

-Le exijo que deje de hablar así, es antinatural –ajustó la dirección del rifle-. ¿De qué feria de locos salió, vestido así y todo?

-¡Avada Kedavra! –dijo Tom y un rayo de luz verde golpeó al sorprendido muggle quien cayó al piso, muerto.

-Increíble –siseó la víbora.

Tom se acercó al cadáver. Había matado y eso significaba que su alma estaba desgarrada, perfecta para unirla a un nuevo Horrocrux. El lugar, la serpiente, el recuerdo de lo que había pasado en la cueva hace tantos años. Tocó con sus largos dedos blancos el relicario de Slytherin.

Si

-¡Papá! –Gritó un niño viendo la escena-. ¡¿Qué le hizo a mi padre?!

Antes de que pudiera reaccionar el pequeño corrió cuesta abajo, gritando asesino

-Ve por él, mátalo.

-ssssiiii

Cuando se quedó solo, Tom realizó el difícil y complicado hechizo. Cada vez dolía más, era como si lo que maran vivo. No pudo evitar gritar, gritar sin control. Sentía como perdía el control de su cuerpo, su mente se quedó obnubilada y cayó en la más profunda oscuridad.

-¡Es él! ¡El asesino!

Las voces se oían lejanas, como si hablaran a través de una puerta cerrada.

-¿Qué le pasó en el rostro?

-¿Se quemó?

-¡Es un asesino, mató a mi padre!

Tom parpadeó con dificulta, se sentía débil.

-Llevémoslo a la comisaría.

-¿No sería mejor al hospital?

-No merece compasión ¡mató a mi marido!

El mago contempló a la muchedumbre que lo rodeaba. Unas veinte personas lo observaban entre confundidos y enojados.

El sol se ocultaba y el cielo se teñía del púrpura crepuscular.

-¿Quién eres?

Tom movió con dificultada el brazo. Necesitaba estar solo, recuperarse y, sobre todo, poner a resguardo su horrocrux.

-¡Avada kedavra! –fue difícil lograrlo en su estado, pero él era un gran mago.

Los gritos de terror inundaron el aire. Los muggles empezaron a correr pero resultó un esfuerzo inútil intentar escapar de las maldiciones asesinas que lanzaba Tom a diestra y siniestra, mejorando su puntería a medida que avanzaban los segundos. Se sentía cada vez más pleno y vivo.

No faltó mucho para que un mar de cadáveres lo rodeara. Niños, ancianos mujeres y hombres yacían a su s pies con la misma expresión de pánico grabada para la eternidad en sus rostros. Eran al menos una veintena de muggles.

-Esta vez fue demasiado –susurro la serpiente, apareciendo entre los muertos.

-No, nunca se mata a demasiados muggles.

Si encontrar la cueva fue complicado, entrar en ella junto a un montón de cadáveres a cuesta lo fue más. Llevaba el Horrocrux al cuello y la varita ocupada con un hechizo de levitación masiva.

-Para llegar al interior deberán ser fuertes, soportar el dolor… ¡Sanguis Oblatis!

La piedra brillo enrojecida y al pasar el resplandor se partió en dos, dejando a la vista una entrada a una recamara más profunda.

-Lumos.

El eco retumbó múltiples veces. El lugar era inmenso, una caverna hueca tan alta que el techo se fundía en una espesa negrura y el suelo escarpado desaparecía metros por debajo, lleno de guijarros traicioneros.

-Perfecto, pero no del todo.

Tom dejó los cadáveres y los preparó para convertirlos en inferis.

Serán mis guardianes

- Mortuorum Ambulantum.

Hasta ahora todo iba bien. El lugar era de difícil acceso y él iba a protegerlo con todo lo que pudiera.

-¡Marchen en la oscuridad, ataquen a quien perturbe su calma!

Una gota cayó en su mejilla.

Agua pensó.

Era un elemento misterioso de la naturaleza, una fuerza poderosa y arrasadora que helaba el pensamiento cuando desataba su furia. Así fue como decidió inundar la cueva con el agua salada del mar exterior. Ahora sólo le faltaba levantar un altar en medio de aquel lago artificial donde dejar el relicario de Slytherin.

-No cualquiera alcanzará la isla, sólo un mago adulto podrá invocar un bote capaz de llevarlo hasta allí, y quien se atreva a intentarlo, pero toque el agua, será arrastrado al fondo por mis inferis.

Con elegantes movimientos de su varita creó una pequeña embarcación de blanca madera de tejo que lo llevó hasta el medio de aquel lugar cada vez más espantoso.

Durante el viaje, pudo ver su rostro reflejado en las espejadas aguas. No reconoció aquella mascara que le devolvía la mirada con ojos enrojecidos. Todo rasgo atractivo se había desfigurado, su piel pálida se veía cerosa y sus labios se afinaron hasta casi desaparecer. Tom que había llegado a Inglaterra como un atractivo y rico joven de cabellos ondulados, porte elegante y mirada seductora que conquistaba a quien fuera necesario, sufrió una transformación irreversible al dividir su alma de nuevo. Ya no era Tom Riddle, sino, que cada vez su espíritu interior se proyectaba hacia afuera, transformando su apariencia y dominando sus sentidos.

Un montón de rocas negruscas bastó para alzar un pilar de mármol coronado por una vasija de madreperla. Dejó el relicario con cuidado, tocando su fría superficie dorada. Allí reposaría otro pedazo de su alma, prueba irrefutable de su inmortalidad y su inmenso poder.

-Una última cosa… -sacó de su bolsillo la poción que había hecho junto a Nagini. El líquido cristalino tenía un resplandor verdoso que incrementó enormemente a medida que lo vertía sobre el horrocrux.

Quién beba esto sufrirá, recordará y deseará su muerte. Si aún sigue vivo, necesitará beber agua y su única opción será el lago donde lo esperan mis guardianes… pensó, satisfecho con su elaborado plan.

Rió con una risa fría que deformaba sus facciones y sonaba aguda, siseante. Nada alegre o feliz.



Capítulo 13


Ismelda le dio a Tom todo lo que pudiese necesitar para el viaje (le regaló oro, ropa lujosa y una libreta llena de direcciones con contactos de magos que lo ayudarían) y él volvió a Inglaterra.

Habían pasado años desde la última vez que pisó suelo inglés siendo un joven en busca de aventuras, pero ahora volvía convertido en un hombre astuto y habilidoso al que nadie podría detener.

Necesitó un modo de cruzar el canal y sabía muy bien a quien recurrir: Nagini, la hechicera que una vez le enseñó a recrear una peligrosa poción.

Ella se encontraba detrás del mostrador de la tienda, jugando con un pequeño niño que reía al ver como una enorme pitón se movía en una jaula, respondiendo las indicaciones de la bruja. Era su hijo, Tom notó que tenía los mismos ojos que Nagini.

Al entrar en la tienda la campañilla que colgaba tintineó haciendo que ambos levantaran la vista. Un minuto de silencio reinó en la habitación.

-Tom –murmuró ella, sonriendo-. Je pensais que je ne vous reverrai jamais.

-Pero aquí estoy.

-Luces diferente. –Ella rodeó el mostrador y contempló a Tom-. Bonita túnica, parece que te ha ido muy bien estos años. Todo un caballero.

-Más de lo que crees.

-Maman…

Los dos miraron al pequeño, que llamaba a su madre estirando los bracitos.

-Es mi hijo, Louis.

-¿Qué tiene? ¿Unos tres años?

-Cuatro para cinco –ella alzó al pequeño-. ¿Por qué lo miras así? ¿Piensas que podría ser tu hijo? –Preguntó en Parsel.

-¡Has estado practicando! –respondió con una risa siseante.

-Cada día.

El niño movía su cabeza mirándolos por turno, divertido ante aquel idioma.

-¿Y lo es? –inquirió Tom, divertido ante la idea.

-No, poco después de que te marcharas conocí a mi actual esposo, Yves, un buen mago y un gran padre.

-Tenías mucho potencial, podrías haber viajado y aprendido un montón de magia, como hice yo.

-Ser madre y esposa, no significa que estoy acabada, de hecho es un desafío diario –dijo ella, riendo-. Tendrías que probarlo algún día, sentar cabeza… cuando nace un bebé todo cambia.

Ahora Tom rió.

-Nunca seré padre, no es para mí. Tengo tantos planeas que trazar, tanto que lograr. Una familia sólo sería una carga. El poder que busco alcanzar requiere atravesar un camino duro y en solitario.

Ella lo miró con un dejo de tristeza.

-Has cambiado tanto… o quizás nunca logré conocerte del todo. ¿Qué mejor que compartir tus logros con alguien que ames?

Tom se dedicó a pasearse por el local, en un rincón encontró la vieja poción que una vez había llamado su atención.

-Tú, en cambio, conservas un fino gusto por la magia negra.

-Viejos hábitos –ella recuperó la sonrisa pícara-. Tengo que darle de comer a Louis, puedes esperarme aquí, aún no me has dicho para qué viniste.

-Quiero regresar a Inglaterra.

-Con que volviendo a casa ¿Eh?

-Podría decirse.

Ella se tomó su tiempo y Tom esperó, impaciente, apoyado contra una estantería.

-Listo, lo dejé entretenido con sus juguetes. Es un niño estupendo.

-¿Tienes preparado los polvos Flu?

-Siempre, el servicio de chimeneas es algo que está a punto, me encanta la sorpresa de encontrarme con gente interesante de improvisto –comentó, acercándose a él y jugando con el cuello de piel de su túnica. Aún no me respondiste.

-¿Qué cosa?

-¿Qué mejor que compartir tus logros con alguien que ames? Porque tiene que haber alguien que haya conquistado tu corazón

Amor pensó Tom Otra vez ese sentimiento que no hace más que entorpecer los demás sentidos e impedir que alcancemos nuestro potencial

-Mis logros serán admirados, no compartidos –dijo-. Cuando llegue el momento muchos pronunciarán mi nombre y temblarán.

-Tom…

-No –sujetó las manos de la bruja y las apartó-. No dirán Tom Riddle, crearé un nombre que les paralice la lengua, que les hiele el espíritu cada vez que lo escuchen.

Ella parecía confusa, su semblante dejó de lado toda expresión cariñosa para remplazarla por una mueca de enojo.

-No entiendo tu comportamiento, pensé que lo que vivimos significó algo importante para ti.

-Nunca amé a nadie, no necesito hacerlo.

-Entonces, no tienes más nada que hacer aquí, vete –ella rebuscó en una caja y sacó los polvos Flu-. Toma.

La chimenea prendió sola, iluminando el lugar.

-Al principio deseaba que Louis fuera hijo tuyo, te quería de verdad –comentó mientras Tom se preparaba para irse-. Ahora, agradezco que no fuera así.

-¡Londres! –gritó él, desapareciendo en un mar de llamas verdosas.

Se sentía tonto por no haberlo pensado antes, sus Horrocruxes no estarían seguros guardados en un bolso, como recientemente pudo comprobar, tenía que esconderlos y darles la máxima protección posible. Cada uno en un sitio especial que sólo él pudiera relacionar y eventualmente volver a encontrar.

El anillo que le había quitado a Morfin Gaunt el día que mató a su padre y abuelos volvería a reposar en pequeño Hangleton. Nadie más conocía a su familia, de hecho nadie sabía nada sobre su pasado y así se quedaría. ¿Quién podría pensar que un gran mago como él tendría relación tan sucios muggles? Resultaba imposible establecer una conexión entre su persona y ese pequeño pueblo escondido a la sombra de su tocayo mayor.

Apenas unos miles de habitantes vivían en pequeño Hangleton, muchos de ellos trabajaban en otro lado o se mudaban cuando podían hacerlo y luego de que Tom matara a los Riddle un espantoso susurro se esparció lentamente en el imaginario colectivo, convirtiendo a la antigua casa familiar en un objeto tenebroso, un lugar dónde latía algo malo y que ni siquiera podía conservar al mismo propietario por mucho tiempo.

Una noche apareció al lado de una taberna en plena actividad. Las ventanas proyectaban una luz opaca a través de sus vidrios de colores y se podía escuchar las risas provenientes del interior. Tom se acomodó el bolso antes de emprender la marcha en dirección a la salida del pueblo, dejando "El ahorcado" atrás, no iba a tomarse unas copas en un lugar lleno de escoria muggle.

El lugar estaba silencioso, nadie se interpuso en su camino mientras recorría las callecitas empedradas hasta salir del conglomerado de casas. La mansión de los Riddle, que alguna vez fue el hogar de su familia paterna se alzaba recortada contra la oscuridad de la noche. En lo alto de la colina era imposible no verla desde todos lados, como una especie de vigilante imperturbable. Más allá había una pequeña capilla rodeada de tumbas y a un costado pasaba el camino que bordeaba la propiedad hasta la cabaña de los Gaunt.

La reja de hierro fundido se abrió con un chirrido ni bien Tom se lo ordenó con su varita. Planeaba pasar la noche dentro de la mansión para esconder el horrocrux por la mañana.

Los terrenos se ondulaban y la vegetación salvaje avanzaba sin escrúpulos. Parecía que alguien intentaba impedir que algunos arbustos perdieran la forma o que las fuentes se llenaran de hojas, pero estaba perdiendo la batalla.

La mansión que otrora había sido una lugar hermoso y solariego se veía decrépita. Tom recordó la tarde que se coló por la cocina para cometer el asesinato. En aquel entonces se preguntaba si sería buena idea quedarse con la casa, que de hecho le pertenecía, ver tanto lujo y esplendor lo tentaron. Después de todo él creció en un orfanato privado de la mayoría de las cosas cuando su padre era un rico aristócrata que podría haberle dado cuanta comodidad se le ocurriera y cumplido con sus caprichos.

Por suerte se resistió y ahora agradecía haberlo hecho. No imaginaba su vida siendo criado en un hogar muggle, donde constantemente recordaría que era un sangre mestiza.

No quedaba mucho de la casa de los Gaunt, la enredadera que crecía sobre la construcción había hecho mella en las paredes y aberturas invadiendo el interior. Los vidrios estaban rotos, la puerta salida de sus goznes y a medio podrir e incontables alimañas habían anidado allí, desde termitas, ratones, pájaros incluso serpientes.

Tom lo veía perfecto para sus fines, con muchas dificultadas entró a lo que quedaba del interior y observó por unos instantes hasta dar con un montículo de piedras que estaba en el piso.

Se quitó del dedo el anillo y lo depositó con cuidado. Allí, bajo todos los hechizos y maldiciones que colocaría estaría a salvo para siempre, conteniendo un pedazo de su alma y asegurando su inmortalidad.

Quien quiera que sea tan habilidoso como para llegar a tocarlo sufrirá una agonía terrible, una maldición que irá consumiendo su carne hasta podrirlo por completo pensó Tom, sombrío.

-Nékros Lysis

Salió al exterior, frunciendo en ceño a causa de la repentina luz solar.

-Protego totallum. Repello muggletum. Repello inimicum.

Cerró los ojos dejando que todo su poder fluya por la varita. Jamás alguien podría llevarse el Horrocrux.

-Salvio Hexia. Desillusion. Impervius.

No iba a dejar ningún cavo suelto. Cada posible punto débil lo cubriría con su hechizo correspondiente.

El sol del mediodía le quemaba la nunca. Llevaba toda la mañana en la cabaña de los Gaunt comprobando el resultado de su tarea. Hasta no estar satisfecho no se marchó del lugar. Sentía que dejaba atrás algo importante, pero al mismo tiempo estaba seguro de que había tomado la decisión correcta. Ahora debería encontrar un escondite para la copa de Hufflepuff y para su primer Horrocrux, el diario que utilizó en durante su permanencia en el colegio.

-¡Howarts! –murmuró dando se cuenta de algo.

Si pudiera encontrar la forma de entrar en el castillo y dejar en alguno de sus rincones uno de los Horrocrux, sería más que especial. El colegio era un baluarte de la magia antigua y él había descubierto muchos de los secretos que aguardaban entre las paredes del establecimiento.

El problema es que ahora el director era Albus Dumbledore, en vez del viejo y confianzudo Dippet. Tom no se sentía a gusto con su antiguo profesor de Transformaciones, siempre le había generado rechazo.

Desde el día que lo conoció en el orfanato supo que no congeniarían. Los ojos cristalinos del profesor lo analizaron como rayos X y jamás dejaron de observarlo. Él había sido un niño ingenuo al contarle tanto sobre si mismo, lamentaba profundamente haberle rebelado ciertos detalles, pero quiso impresionar a ese hombre con porte regio y habilidades mágicas excepcionales. Mientras que los demás profesores lo adoraban y estaban convencidos de la honestidad e inteligencia del huérfano Riddle, Dumbledore pudo llegar a ver su espíritu manipulador y carente de la habilidad para amar o sentir empatía. Él no cedía ante los encantos de Tom y se mostraba reacio a colaborar él, vigilándolo siempre y pregonando que el amor y la fraternidad eran las mejores herramientas con las que contaba un joven mago para afrontar la vida.

El actual director no querría verlo regresar al castillo.


Capítulo 12



Encontrar al escurridizo ladrón le tomó tres días. Había empezado a desesperar y ya no le quedaban muchas cartas que jugar, pero el destino fue benévolo con Tom. La cálida noche primaveral apenas había oscurecido el cielo y sólo brillaban un par de estrellas cerca de la luna cuando dio con el paradero de Hafthor.

En un callejón alejado del centro se alzaba un conjunto de precarias casuchas de cartón y papel, los adoquines del suelo estaban llenos de basura que iban arrinconando contra las paredes de los edificios y la única luz provenía de un fuego mágico que crepitaba en medio de un círculo de borrachos. Los cuatro hombres entonaban canciones entre trago y trago o reían escandalosamente recordando sus hazañas como rateros.

Tom se acercó con cautela, apuntando a Hafthor con la varita. Como este estaba de espaldas fue el último de los presentes en percatarse de la presencia del joven.

-¡Largo! –exclamó un viejo de aspecto enfermizo.

-Con ustedes nada… mi asunto es con él. –Tom señaló a Hafthor con la varita-. Déjennos solos.

Los cuatro cruzaron miradas vidriosas mientras cavilaban sus posibilidades. No les tomó mucho darse cuenta de que, si bien tenían ventaja numérica, nada podían hacer frente a un mago sobrio y armado.

-¡Muchacho! –dijo Hafthor, poniéndose de pie a duras penas-. No seas rencoroso. Estaba enojado por eso tomé tus cosas –se excusó sin sacar los ojos de la varita-. Si me permites, te traeré tu bolso… ¡Ah! Aquí tienes tu copa. –le pasó el reliquia de Hufflepuff, donde al parecer había estado bebiendo.

-No se mueva –advirtió Tom, con voz siséante, asqueado por el uso que habían hecho de ese preciado tesoro.

El ambiente era tenso y parecía que nadie respiraba. Los vagabundos se debatían en quedarse y apoyar a su compañero o huir del lugar antes de que salieran perdiendo ellos también. Parecía que no podían moverse, estaban embelesados con la escena.

-Pagarás muy caro tu estupidez. Nadie me roba sin consecuencias.

Desesperado ante un eminente castigo Hafthor sacó un cuchillo de entre sus ropas e intentó cortar a Tom, pero su intento fue en vano ya que su oponente lo bloqueó con facilidad.

-Expelliarmus.

El cuchillo giró por los aires y cayó entre la basura.

Los otros hombres se pusieron de pie pero Tom los amenazó con su varita y decidieron rendirse sin más.

-Estas solo, Hafthor. Vas a morir y nadie se preocupará por tu patético cuerpo inerte en este basurero. Tu miserable vida acaba aquí.

-Soy un viejo, ten piedad.

-No, no –negó suavemente, disfrutando al verlo pálido e indefenso contra la pared-. Tú único consuelo es que decidí hacerlo rápido.

-Piedad, muchacho… Tom…

El mago hizo una mueca, últimamente le desagradaba más de lo usual su nombre y al oírlo de la boca de aquel canalla se sintió ajeno, como si no estuvieran hablando de él.

-Por favor, Tom -Se puso de rodillas y al hacerlo el relicario de Slytherin se salió de entre sus ropas.

-¡¿Cómo te atreves a usarlo?! –gritó enojadísimo. Ver la preciosa herencia de Salazar colgando en el cuello de ese hombre lo descolocó-. Avada Kedravra.

Cada célula de su cuerpo festejó al sentir la poderosa maldición proyectarse por la varita y golpear a Hafthor justo en medio del pecho, cuyos ojos abiertos por la sorpresa vieron por última vez un rayo de luz verde que iluminó tenebrosamente el lugar.

Con un golpe sordo el cuerpo se desplomó, ya sin vida.

Tom estaba eufórico, hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien. El hecho de tener en sus manos el poder de la vida y la muerte lo llenaba de placer. Él podía decidir qué hacer y a sus rivales sólo les quedaba someterse a su voluntad.

Resultaba indescriptible la sensación que la maldición asesina producía en el cuerpo al invocarla. Una mezcla de adrenalina y satisfacción que, cuando se combinaba con el odio que sentía ante sus víctimas, lo llenaban de dicha.

Sin pensarlo, sus pies lo guiaron de vuelta a la mansión de Ismelda. La enrome estructura se recortaba contra el cielo con majestuosidad y tranquilidad. Algunas ventanas brillaban doradas pero nada indicaba que hubiese una fiesta, al parecer todos dormían y Tom así lo prefería.

En el camino se le habían ocurrido algunos planes interesantes. Extrañamente el encuentro con Hafthor le dejó un gusto amargo que sólo pudo pasar cuando se le reveló ante sus narices una práctica idea: debía ocultar sus Horrocruxes. No en cualquier lado, tendría que pensar locaciones especiales que estuvieran a la altura de lo que albergarían y tendría que protegerlas con todo el arsenal mágico que dispusiera.

Como esto modificaba sus planes originales de partir hasta Albania inmediatamente, dejando atrás su cómoda vida en Viena, tendría que pulir sus habilidades de seducción y reconquistar el favor de Ismelda, ya que la mujer jugaría un papel importante en su futuro.

Después de tomar un buen baño de burbujas, esperó a Ismelda en el jardín, usando su mejor túnica (seda verde oscura y botones de oro), botas de cuero blando y un peinado prolijo hacia el costado se sentó a la sobra de un rosal. Jamás se había visto más atractivo e Ismelda lo notó inmediatamente.

Ella caminó hacía él con enojo, pero se detuvo ni bien lo vio. Un ligero rubor apareció en sus empolvadas mejillas, aunque intentó mantener la compostura y sonar enfadada.

-Desapareciste por tres días. Ni una nota me dejaste –espetó, aunque el efecto de su tono se perdió cuando se retocó el cabello con coquetería.

-Is, lo lamento, fue una emergencia.

-Nada de eso, me tenías preocupada.

Tom hizo aparecer una rosa blanca con su varita y se la ofreció.

-Un regalo hermoso para una dama hermosa.

-¡Oh! Ahora intentas persuadirme siendo galante. –Tomó la flor y la olió-. Casi funciona, pero tendrás que esforzarte más.

Tom le dedicó una media sonrisa, aceptando el reto.

-Siéntate a mi lado –pidió palmeando el banco de madera dónde se encontraba.

Los elfos se apresuraron en traer una bandeja con el desayuno: abundantes frutas de estación, té, café, leche, cereales y chocolates dispuestos en platitos de porcelana esmaltada.

-Que bonita sorpresa –dijo ella, con el rostro iluminado.

Tom se relajó en su asiento mientras los elfos terminaban de prepararlo todo, luego los echó, quedándose a solas con Ismelda quien no podía quitar los ojos de las bellas facciones del mago.

-Desde que nos conocimos, Tom, no ha habido nadie más quien merezca mi atención –comentó, tomando una mano de él entre las suyas.

-¿Y qué me dices de ese joven con el que bailabas tan entretenida el otro día?

-No seas tonto –respondió ella, apartándole una mechón de cabello del rostro-. Es insignificante. Hacía mucho tiempo que no deseaba a un hombre como lo hago ahora, y fuiste tú quien despertó ese sentimiento.

-Eres una bruja muy hermosa, Is.

Ella rió ruborizada.

-Lamentaré el día que tenga que marcharme…

-¿Por qué harías eso? ¿Acaso aquí no tienes todo?

-En estos días entendí que mi destino es hacer del mundo mágico un lugar donde sólo quienes tengan la sangre limpia puedan ser realmente libres de obrar como quieran, dominando a quienes no merezcan llamarse magos debido a sus orígenes sucios.

-Cuando hablas así me haces acordar a mi difunto esposo, Tom. Tienes el mismo brillo en los ojos que él… por eso me gustas.

Ismelda se recostó sobre el pecho del joven, extasiada.

-¿Puedo pedirte un favor? –le murmuró al oído.

Ella asintió

-Préstame dinero para volver.

-¿Sólo eso? Querido, eres muy modesto. Tendrás todo lo que necesites sólo si me prometes regresar –ella se apartó y lo miró a los ojos.

-Lo haré –juró Tom, aunque en el fondo sabía que no sería así.

Ella relajó el rostro y se apoyó de nuevo en él.

-Es lo que quiero… a ti, y si para tenerte primero tengo que dejar que te marches, de ninguna manera permitiré que vuelvas a pasar hambre.

-Tengo que marcharme cuanto antes, será peor si me atraso.

-Claro, lo entiendo –murmuró, volviendo a apoyarse en Tom-. Aunque primero tienes que hacer algo por mí.

Tom no contestó enseguida, detestaba hacer favores. Tomó aire y preguntó a qué se refería.

-Después de la cena te estaré esperando en mi habitación… quiero que pasemos nuestra última noche juntos.

Se hizo un silencio que se prolongó largo rato, mientras ella esperaba una respuesta y él se debatía en su interior.

No quería acostarse con ella pero algo le decía que sino lo hacía los favores de Ismelda se acabarían mucho más rápido de lo que le convenía. Por otro lado estaba la posibilidad de matarla y marcharse, pero le servía más viva que muerta. Una mujer como Ismelda sería capaz de remover cielo y tierra con tal de beneficiar al objeto de su amor

Que bueno que no soy proclive a experimentar esa clase de sentimientos que emboban el espíritu de un mago. Con la magia oscura se puede llegar más lejos sin la necesidad de doblegarse ente la voluntad de tales pasiones que sólo debilitan el cumplir los objetivos pensó Tom, asqueado con el denso perfume floral de la mujer.

-¿Y? –insistió ella, acariciándole el cuello.

-Déjame sorprenderte.

La habitación de Ismelda era un de los lugares más lujosos de la casa. Tom nunca había entrado y al hacerlo no pudo evitar contemplar la exquisita decoración. Excesivamente recargada de adornos, tapetes, jarrones y lámparas de oro todo tenía un aspecto muy barroco, como si fuese un antiguo museo. Las ventanas iban desde el piso al techo cubiertas por cortinas de terciopelo rojo, impidiendo que se colara la luz de la luna llena que iluminaba el exterior.

-Prefiero hacerlo en la penumbra –dijo Ismelda, apoyada en una de las columnas del dosel de su cama.

Tom no se movió de donde estaba, sintiéndose un poco incómodo.

-No seas tímido…

Ella le tendió una mano invitándolo a acercarse. Vestía una bata de seda rosada y nada más sobre su cuerpo esbelto. El cabello suelto caía en cascada por su espalda.

Tom serpenteó por el abarrotado lugar y le besó la mano extendida, decidiendo tomar las riendas de la situación. No iba a permitir que alguien o algo lo incomodaran, él era un gran mago y sería quien dominaría la situación.

Ismelda se dejó guiar hasta la enorme cama y se tendió sobre el colchón, desabrochándose algunos botones. Tom se quitó la túnica por la cabeza y la dejó caer al piso. Aún con la poca iluminación Ismelda pudo ver la red de cicatrices que le cubrían el cuerpo.

-¿Querido, qué te sucedió? –preguntó, preocupada, recorriendo con sus manos el torso desnudo de él.

-Magia –dijo por toda respuesta con voz sensual.

La tomó por la cintura y la obligó a quedarse acostada mientras sus labios compartían un beso posesivo.

Ismelda le pasó los dedos por el cabello, lujuriosa al sentir como él le recorrían cada centímetro de su cuerpo. Había imaginado esa noche desde que conoció a Tom en el bar y ahora por fin sus deseos se materializaban en suaves caricias y húmedos besos.

Ella permanecía recostada con la bata de seda suficientemente desprendida para dejar a la luz sus senos blancos y grandes, que se sacudían con cada embestida.

Tom entrelazó sus manos con las de ella y las llevó sobre la cabeza de la bruja que cerró los ojos extasiada. Una oleada de placer los invadió a ambos al mismo tiempo.

Ella no quería que eso terminara jamás, hacía tiempo que no estaba con un hombre y menos con uno tan seductor y guapo como aquel. Quería que fuera suyo para siempre y que él la poseyera una y mil veces más.

Ismelda gimió al sentir sus labios besarle el cuello. Eran besos fríos, feroces, pero eso lo volvía más erótico. Abrió los ojos para contemplar los rasgos perfectos de Tom cuyo rostro era apenas visible en la penumbra. El joven tenía la mirada perdida y relajada, apretando los labios cada vez que la penetraba. En cierto momento, creyó ver un destello rojo en los ojos de Tom, pero enseguida quitó eso de su cabeza. No era posible.

Los dos terminaron juntos, entre gemidos y temblores. Tom se recostó al lado de Ismelda, sin mediar palabra y enseguida se durmió.

-Te estaré esperando–susurró ella, sintiendo las lágrimas agolparse en sus parpados.



Capítulo 11



Ismelda se llamaba la señora y enseguida congeniaron.

Ella era culta, altiva y una muy buena hechicera. Todas las tardes, por las siguientes dos semanas, invitó a Tom para que almorzaran junto o cenaran en el bar donde se habían conocido.

Tom se presentaba como un aventurero de clase media que dormía en un hotel cerca de allí, pero la realidad era que seguía pasando las heladas noches en el banco del parque, generalmente, visitado por Hafthor para supervisar los avances del joven. El vagabundo era difícil de evadir y parecía tener ojos en toda la ciudad porque siempre sabía dónde estaba Tom o qué había estado haciendo.

Una tarde, Ismelda, que se había ataviado con un apretado vestido negro, le propuso pasar unos días en su casa.

-Te ves muy delgado y pálido. Quizás no estás durmiendo en un buen lugar y yo tengo de sobra.

Ismelda vivía rodeada de lujos y no dudó en compartirlos con Tom. Ella parecía encantada de aparecer en las fiestas o salones nocturnos con un joven tan apuesto a su lado y proveía a Tom de todo lo que necesitara, desde ropa elegante, cenas abundantes, hasta pase libre para hacer lo que quisiera en la mansión y enriquecedoras charlas con todo tipo de magos o brujas que los visitaban constantemente.

-¡No es posible! –dijeron las mujeres asombradas.

-Claro que sí –rectificó decidido, un mago anciano que apareció una tarde a tomar el té junto con su hija-. Volar sin ningún objeto que ayude, es factible.

-¿Cómo? –preguntó Tom, interesadísimo en el tema.

-¡Ah! Está todo aquí. –Sacó un manojo de pergaminos-. Mi teoría sobre vuelo humano, toma, lee y dime que te parece.

-¡Oh! Padre, no puedo creer que cargues con eso todo el tiempo, dudo que alguien quiera…

-Lo leeré –aceptó Tom.

Y le resultó interesantísimo, anotó sus propias ideas o mejoras, seguro de que podría lograr volar si se ponía a practicar.

Luego de una noche de fiesta, música y excesos, Tom se despertó con un terrible dolor de cabeza. Recordaba fragmentos de lo sucedido pero a medida que recorría la mansión con su túnica de gala mal colocada, iba encontrando personas durmiendo en los sillones, restos de copas o bebidas derramas por el suelo y platos con pedazos de mazapán u otros dulces que habían servido y ahora eran restos desperdigados por todos lados.

Llegó hasta la biblioteca, la habitación ya había sido aseada y el fuego crepitaba en la chimenea, volviendo muy calido el ambiente.

Con calma contempló el hermoso lugar, era realmente muy cómodo y tranquilo. Los libros se apilaban en elaboradas estanterías que tendrían unos tres metros de alto, el piso lo cubrían varías alfombras mullidas y los sillones abundaban, desde pequeñas butacas redondas hasta grandes divanes llenos de almohadones. Sobre la chimenea de mármol y oro habían colocado un cuadro al óleo de Gellert Grindelwald, acompañado por un hombre bajito y regordete, que era el difunto marido de Ismelda. Ambos se movían dentro del cuadro o hablaban entre si, murmurándose al oído.

Tom no les prestó atención y se enfrascó en la lectura de un enorme volumen negro, que reposaba dentro de una vitrina. Últimamente leía mucho y muy concienzudamente cimentando en poco tiempo nuevas ideas que reflejaban lo que realmente pensaba.

-¿Sentiste el llamado de ese libro? –preguntó Ismelda, desde el umbral.

-No usaría esa expresión, pero verlo aquí dentro significaba que era algo de mucho valor.

-De hecho, es lo más valioso que guardo en esta casa. Mi padre recopiló en él las ideas de Grindelwald… me enorgullece que lo leas ¿por qué capitulo vas?

-El cinco –respondió, mientras ella se acercaba con paso seductor. Tom pudo ver un brillo entusiasta en su mirada-. "Un buen mago comprometido con su comunidad, debe ser capaz de llegar a cualquier extremo si su fin es el bien mayor, incluso tener la frialdad para matar a sus padres o hijos, en caso que estos entorpecieran el deber…"

-¿Podrías hacerlo? –inquirió ella, perspicaz. Despedía una mezcla de olor a perfume florar y whisky.

Tom recordó fragmentos de un atardecer lejano. Años atrás, mientras el sol se ocultaba del otro lado de la colina y el crepúsculo engullía lo que quedaba de esa bonita tarde, un joven mago se colaba en la gran mansión para encontrarse cara a cara con quienes nunca quisieron conocerlo. Los tres muggles hallaron su fatal destino siendo alcanzados por la maldición asesina y el joven se había sentido satisfecho, como si al fin hubiera logrado deshacerse de algo muy pesado que no lo dejaba avanzar.

-Ya lo hice –afirmó con sonriendo con una mueca macabra.

Ella no lo juzgó, en su lugar, asintió comprensiva.

-La cabeza me estalla –comentó, llevándose las manos a la frente-. Querido, anoche fue un descontrol... pero me gustaría que hablemos más sobre esto. –Señaló el libro con cariño-. Veo gran potencial en ti, y se que apreciarás cada palabra escrita por mi padre. Según él, si existen ideas constructivas se presentan en las mentes jóvenes, como la tuya.

Desde luego Tom aceptó la oferta, ya que era verdad que ese libro era más que interesante. Muchas cosas que él mismo pensaba estaban allí, volcadas en tinta, expresadas con claridad y pasión.

Así fue como cada tarde ambos pasaban un largo rato debatiendo sobre pensamientos e ideas que compartían. Tenían en claro la superioridad de la sangre mágica y la importancia de que esta permaneciera pura, sin ceder ante la contaminación paulatina de los muggles. Todas las criaturas mágicas debían respetar a los magos porque estaban por debajo de estos y al final, los muggles tendrían que aceptar la magia o morir ante ella.

Ismelda, que pertenecía a una estirpe de magos y brujas que se remontaba siglos atrás, era muy determinista con respecto al lugar que ocupaban los sangre sucia.

-Tenemos que asegurar que nuestra comunidad prospere y progrese siempre bajo la pureza de la sangre, eliminando de raíz a los débiles, mestizos e impuros que contaminan las familias y envenenan las jóvenes mentes con ideas de igualdad.

-Estoy de acuerdo –asintió Tom efervescente-. Si tenemos un objetivo firme, debemos avanzar sin temor.

-Lamentablemente, no contamos con alguien a quien seguir –comentó ella, sugestiva-. Se necesita un líder que se levante por todos. No importa dónde hayamos nacido si compartimos la misma sangre, debemos unirnos.

Tom no dijo más nada, siempre se había planteado la posibilidad de armarse de un sequito y difundir sus ideas, pero hasta el momento no se sentía realmente preparado para hacerlo. Contaba con una gran habilidad para persuadir y dominar las mentes inferiores o débiles, además de un cerebro privilegiado e incontables recursos mágicos, aunque algo faltaba. Tendría que asegurar su propia inmortalidad antes que nada; si quería que sus ideas perduraran por siempre tendría que estar al frente para toda la eternidad.

Y eso lo lograría conquistando la muerte al dividir su alma en siete pedazos, estaba seguro de ello, el problema era que aún le faltaba encontrar los objetos que resguardarían su esencia. Quería llevar a cavo el peligroso hechizo en una circunstancia especial, se negaba a cometer tan importante acto de manera presurosa por el simple deseo de acelerar el proceso.

La popularidad de Tom creció hasta convertirse en el hombre del momento. Todos hablaban de él, las mujeres le guiñaban los ojos, le enviaban invitaciones y le murmuraban cosas picantes al oído. Aunque Ismleda siempre estaba presente, resguardándolo con celo pero Tom no parecía interesado en ninguna mujer, ni siquiera en la misma Ismelda, quien hacía lo imposible por recibir una caricia del joven. Muchísimas veces intentó acostarse con él o robarle un beso, pero Tom sabía como evitarla.

Después de una agradable velada en el mejor restaurante mágico de Viena. Tom e Ismelda salían envueltos en capas de piel negras cuando un diminuto elfo doméstico se acercó con timidez. Le tendió una tarjeta a Tom y murmuró que era de su ama, mientras la señalaba. A pocos metros una mujer esperaba disimuladamente al lado de la entrada. Tom recordaba haberla visto en una mesa cercana, ataviada con un ajustadísimo vestido azul y con el cuello cubierto de diamantes que caían sobre su generoso busto.

El mago, indignado, rompió la tarjeta y le ordenó al elfo que se alejara.

-¿Qué decía la tarjeta, querido? –se interesó Ismelda al ver que él tiraba los pedazos a la basura con mala cara.

-Quería… me quería a mí –respondió-. Una noche con migo a cambio de oro.

El invierno pasó y la cálida primavera hizo florecer hasta la última planta del jardín. Tom, bebía café en el pintoresco balcón contemplando la hermosa vista de la ciudad extendiéndose hasta el horizonte. Se sentía muy cómodo y a gusto allí, pretendía quedarse todo el tiempo que pudiera pero algo andaba mal, últimamente Ismelda estaba más distante y se enojaba con facilidad.

-Vamos a dar una fiesta para Halloween –informó ella, apareciendo en el balcón-. Algo grande, para unas cien personas. Ya puse a los elfos a trabajar en los preparativos.

-Perfecto…

-Esta noche voy a cenar con un nuevo… amigo –comentó, esquiva-. No podrás acompañarme.

-Como gustes –respondió Tom, aliviado por no tener que ir.

-¿No quieres saber quién es? ¿No te importa?

Tom se encogió de hombros.

-Espero que se lo pase bien –respondió, volviendo a su café.

-Tendrías que interesarte un poquito más si quieres seguir viviendo aquí. No todo es recibir, en algún momento tendrás que dar algo a cambio o empacar. -Ella lo contempló por unos segundos, como si lo estuviera viendo bien por primera vez, y se marchó furiosa.

La noche del 31 de octubre, la mansión se llenó de invitados. Habían decorado cada rincón con calabazas talladas, telas de arañas y murciélagos de verdad que se juntaban en las esquinas oscuras. Las velas negras iluminaban con luz cálida el salón de baile y el comedor acogía una mezcla variopinta de magos, brujas e incluso algún que otro vampiro.

Halloween era el día festivo predilecto de Ismelda y por ellos no había privado de nada a sus invitados. Corrían ríos de champagne, vinos carísimos y Schnapps servido en vasos de cristal. La comida se ofrecía en bandejas cargadas por varías docenas de elfos domésticos. Tom encontró desde pavo relleno hasta empanadas, pasteles, carne asada condimentada con salsas especiadas y muchas cosas más que no llegó a probar.

Ismelda bailaba con un joven rubio en medio de la pista, bajo la mirada de todos, incluso de Tom que bebía vino apoyado en una columna.

-Señor –llamó con timidez un elfo doméstico-. Lo buscan, señor. El hombre dice ser su amigo…

-Yo no tengo amigos.

-Señor, disculpe, señor, pero se mostró muy insistente.

-Vete, sucia criatura, deja de incordiarme.

Antes de que pudiera dar otro sorbo de vino, el elfo volvió con una expresión aterrorizada en el rostro.

-Señor, lo lamento, señor, pero el hombre me dijo que le avisara que Hafthor, quiere decirle algo…

-Llévame con él –ordenó, dispuesto a maldecir al vagabundo por atreverse a llegar hasta la mansión.

En la atareada cocina llena de elfos que preparaban la comida, lavaban copas o sacaban botellas de champagne y las colocaban en cubeteras con hielo, estaba parado Hathor. Desentonaba en contraste con el entorno brillante y limpio de cerámicas blancas y cortinas a juego.

-¡Qué buena vida estás llevando!

-No tengo tiempo, me esperan arriba…

-Muchacho, ¿Esa es forma de recibir a tus viejos amigos?

-Usted no es nada… ¡Fuera, Elfos! –ordenó con autoridad.

Cuando los dejaron solos, sacó su varita y apuntó sin rodeos al vagabundo.

-Tiene un segundo para decirme a qué vino.

-Quiero un poco de todo esto –abarcó con las manos la cocina-. Estoy cansado de vivir en el parque y parece que tú tienes bastante lugar aquí. Me pasé el helado invierno congelándome, comiendo sobras. –Tomó un pastel de manzana de una bandeja y se lo comió de un bocado-. Mientras… -tragó con esfuerzo-. Mientras tú disfrutabas de todo esto…

-Tu suerte fue echada y te tocó lo que tienes. Acéptalo.

-¡Ja! Desagradecido… habrás engatusado a Ismelda, pero dudo que le alegre enterarse de que mentiste.

Tom río con una risa fría, falsa.

-Jamás prestará atención a alguien como tú, menos en contra mía.

-No te confíes demasiado, muchacho –advirtió con voz desafiante-. Por lo que sé, ya anda colgada del brazo de otros jóvenes, te borrará de un plumazo cuado menos lo esperes… siempre hace lo mismo y tú, no serás la diferencia.

Ambos se miraron a los ojos, sin decir nada. Tom quería lanzarle una maldición y verlo retorcerse de dolor en el piso, pero antes de que pudiera hacer, algo el vagabundo se marchó por la puerta de servicio.

De ahora en más tendría que andarse con cuidado, apenas se le presentara una ocasión acabaría con él.

La mañana siguiente otra vez reinaba el caos de una forma silenciosa y desprolija. Restos de comida, manchas de bebida y varios borrachos que dormitaban tanto en el suelo como en sillones o camas. La decadencia se imponía en la normalmente impoluta mansión.

Tom se encerró en la biblioteca, se sentía mejor acompañado por libros y una buena taza de café.

Cerca del medio día, subió a su habitación y descubrió que estaba revuelta. Los cajones y muebles abiertos con la ropa desordenada, la cama y el colchón corridos. Habían vaciado los papeles del basurero en el suelo, derramado un frasco de tinta sobre la alfombra y la ventana abierta de par en par dejaba entras el cálido aire del exterior.

Tom enfurecido se dijo que iba a castigar severamente a los elfos domésticos por no impedir que alguien hiciera aquello.

Cuando se dispuso a llamarlos encontró a uno de los sirvientes tirado en un rincón con una profunda herida en la cabeza y restos de cristal en la ropa, como si alguien hubiera roto una botella contra su cabeza. El líquido empaba las ropas sucias del elfo con un olor fuerte a alcohol.

-¡Ennervate! –dijo Tom, y de inmediato la criatura recobró el sentido-. ¿Quién hizo esto?

El elfo parpadeó hasta poder comprender de qué le hablaban. Sus ojos reflejaron el temor al ver a su amo enfadadísimo en medio de aquel desorden.

-¡Habla, alimaña!

-Señor, no lo recuerdo, señor… un hombre sucio entró por la cocina, señor… lo seguí hasta aquí pero me golpeó y no sé más nada…

-¡Crucio!

La criatura gritó con voz chillona hasta que Tom cortó la maldición.

-Vete.

Con prisa rebuscó hasta darse cuenta de que lo único que faltaba era su bolso. Aquel que siempre lo había acompañado en sus viajes y dónde guardaba las reliquias de los fundadores y sus Horrocruxes.

Un frió le recorrió el cuerpo. Se quedó pálido ante la posibilidad de que sus preciadas creaciones estuvieran en manos de cualquiera. No, una idea apareció de repente, gritando el nombre del culpable.

-¡Hafthor! –murmuró e inmediatamente resonó en su cabeza la voz del hombre.

-¿Qué tienes aquí adentro? –Había preguntado el vagabundo, sosteniendo el bolso de Tom-. Pesa muchísimo

Se quedó (pasmado) sujetando su varita con mucha fuerza. Un gran odio empezó a hervir en su interior. Le costaba creer que un mago vagabundo, sin varita y borracho se atreviera a robarle a él. A él que era el heredero de Slytherin, el primero de su clase, un hechicero (capas) de empujar los límites de la magia más allá que ningún otro.

Iba a encontrarlo. Iba a torturarlo. E iba a matarlo lentamente, escuchando sus súplicas hasta que rogara morir.

Tom rió desquiciado, el plan le sabía dulce en la boca. Hacía mucho que no estaba tan contento por algo y no veía la hora de volver a usar su "Avada Kedavra"


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