13 jun. 2014

Capítulo 4




El cielo despejado dejaba ver una enorme luna redonda y amarillenta que no podía pronosticar nada bueno. En el aire se sentía un peligro acechante, acompañado por agudos aullidos que se intensificaban por momentos.

Tom sintió un escalofrío bajarle por la espalda.

Cuando llevaba un par de horas caminado encontró el claro donde los hombres del pueblo habían tendido la emboscada para la bestia. En una choza en ruinas amarraron a una mujer amordazada y con todo el aspecto de ser parte de la caravana del circo.

Estúpidos rió para sus adentros.

Escondido detrás de un grueso tronco podía ver a los pueblerinos subidos a ramas altas o escucharlos murmurando entre sí.

Una calma espeluznante reinaba en el bosque. La prisionera intentaba moverse o quitarse la mordaza de la boca pero no podía, estaba sujeta de pies a cabeza con sogas y cadenas.

Un aullido, luego otro y otro. El animo se caldeó enseguida, todos temblaron de miedo. Todos menos Tom, que podía sentir su corazón entusiasmado por lo que pasaría a continuación. Ellos recibirían su merecido.

De improviso una masa de pelos y dientes saltó de entre los arbustos. Se acercó lentamente a la mujer que no cabía en sí del miedo. Entre gruñidos, la bestia olisqueó a su presa pero un ruido le alertó, se dio vuelta con la rapidez de una saeta y esquivó la primera bala plateada. El proyectil le dio a la mujer en el hombro.

Habían develado su ubicación y la criatura no perdió tiempo en abalanzarse contra ellos. En apenas unos segundos el caos reinó. Los pueblerinos huían despavoridos pero el hombre lobo los atrapaba con suma facilidad y destrozaba sus cuerpos.

El hedor de la muerte, la sangre fresca y los cadáveres pudriéndose invadió el bosque a medida que el sol ascendía sobre el horizonte. El suelo tan rojo como el cielo del amanecer era una escena terrorífica.

Tom, que había seguido a la bestia hasta su escondite, esperó paciente a que la trasformación cediera ante la forma humana.

Con la varita en alto apuntó a la persona que se arrastraba desde la profundidad de un tronco hueco. El joven no tendría más de quince años pero ya presentaba un buen atado de cicatrices y feos cortes sin curar. De piel cetrina y ojos feroces, se alzó ante Tom, dispuesto a pelear por su vida.

-Tamaña masacre la de anoche –comentó el mago con voz empalagosa, pero sin bajar la varita.

-¿Qué quieres? ¡Vete!

-No –dijo suavemente Tom-. De hecho ya que lo preguntas quiero ayudarte.

-¡¿Por qué?! –inquirió con nerviosismo el joven, intentado cubrir su cuerpo desnudo.

-Porque soy un mago y compartimos el gusto por deshacernos de la escoria muggle.

El chico lo miró con extrañeza.

-Pudiste atacarme, no estaba escondido muy lejos pero te focalizaste en esos hombres. Incluso dejaste viva a la mujer.

-¡Es una squib! Tengo una habilidad especial para oler la sangre sucia, a los que carecen de magia. Es un placer desgarrar sus cuerpos indefensos. –Se pasó una mano mugrosa por la nariz.

Los ladridos de los sabuesos se empezaron a escuchar cada vez más cerca.

-Vienen a buscarte –comentó Tom, guardando su varita-. Te propongo algo a cambio de mi ayuda.

-No necesito…

-¡Silencio! Verás, no tienes opción. Te ataré aquí y diré que te atrapé, esa sangre seca y el cadáver que arrastraste hasta tu cueva será prueba suficiente para que te condenen a una muerte brutal.

-¡Qué quieres de mi! –gimió desesperado.

-Tus servicios.

El chico de ojos salvajes aguzó el oído para calcular cuan lejos estaban los perros. Parecía un cervatillo asustado y Tom sabía que lo tenía bajo su poder.



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