2 jun. 2014

Capítulo 2


Capítulo 2

El dolor que significaba separar un pedazo del alma y arrancarlo del cuerpo era inimaginable e iba incrementado a medida que el acto se repetía. Con tres Horrocruxes en su poder Tom podía considerarse un pionero en la magia oscura, ya que no existía registro de nadie más que hubiera logrado con éxito tal cosa.
No había dolor que importase ni consecuencia que le preocupara.
El cielo se teñía de púrpura y ocre con el ocaso. El sol se escondía a lo lejos y el frío del crepúsculo se acentuó. Tom, que había quedado inconsciente después de realizar el hechizo, despertó lentamente.
Lo primero que hizo fue voltear la cabeza en dirección al lugar dónde reposaba la copa de Hufflepuff. Se puso de rodillas y la cogió entre sus manos casi con ternura. No había utilizado ese objeto adrede, sino, porque sentía una poderosa conexión entre los hechos fortuitos que habían ocurrido. La copa era de una fundadora del colegio, una reliquia de incalculable valor que ahora poseía una porción de su alma dentro y todo gracias a su astucia y al asesinato de una anciana, quien no era otra que una descendiente directa de Helga Hufflepuff.
Tom se vio tentado a reír, estaba eufórico con su hazaña. Prefirió seguir su camino, algo le decía que debía abandonar Inglaterra por un tiempo. No estaba seguro cual sería su destino pero si se daba prisa podría pasar la noche en una taberna que había visto cerca de allí. Gribben Head era un pequeño poblado con bastante población mágica y se decía que muchos magos tenebrosos encontraban sus costas y cuevas perfectas para realizar magia sin ser molestados. Quizás, si andaba con cuidado podría encontrar cosas que le sirvieran para su causa.
Una fina pero persistente lluvia lo acompañó hasta la taberna. Blue Pixie era un lugar de mal aspecto pero mantendría a raya las inclemencias del tiempo y por los rostros que vio al entrar se dio cuenta de que no se toparía con ningún molesto muggle.
En un rincón apartado halló una mesa que inmediatamente ocupó. La camarera, una mujer entrada en años que arrastraba los pies al caminar, apareció con rapidez.
-¿Qué va a querer? –preguntó con una sonrisa desdentada.
-La cena –respondió Tom con voz monocorde-. Y una habitación.
-Bien, el menú de esta noche es sopa de cebolla. En cuanto a lo otro, tenemos libre la buhardilla, hace un frío horrendo allí arriba pero está libre de ratas y pulgas.
-La acepto –dijo Tom, sin amedrentarse.
-¿Quiere que suba sus pertenencias? –preguntó, estirando una mano afectada por la artritis hacia el bolso del joven.
-¡Metasé en sus asuntos! –espetó Tom, con voz amenazadora.
La anciana le dedicó una última mirada calculadora y se marchó.
La comida tardó un buen rato en aparecer, pero a él no le importó. Se dedicó a mirar a quienes lo rodeaban. Algunos eran magos tan sucios como la taberna que se envolvían en túnicas viejas e hilachentas. Otros eran simples borrachos que gritaban a viva voz, ya fuera por si perdían en las apuestas o por si ganaban. Derramando el contenido de sus vasos o amenazándose con las varitas entre partida y partida.
Un pequeño grupo de duendes con cara de pocos amigos entraron con parsimonia y bajo la mirada de la mayoría de los comensales se ubicaron en un rincón. Inmediatamente se enfrascaron en una conversación en duendigonza mientras tomaban aguardiente.
-Espero que no se arme lío, guapo –dijo una camarera joven, quién le sirvió la sopa en un tazón de arcilla descascarado.
Tom apartó la vista de los duendes. Ella le guiñó un ojo de largas pestañas y rebuscó en su bolsillo hasta dar con una llavecita cobriza.
-Suba por esa escalera. –Señaló con el pulgar sobre su hombro-. Hasta el último piso. Habitación número 14. Si quiere algo más, hágamelo saber –otro guiño pícaro-. Por cierto, mi nombre es Belle.
Tom inclinó la cabeza en señal afirmativa y se dedicó a comer.
La sopa de cebolla no estaba del todo mal, había comido cosas peores en el orfanato. Por un segundo suspiró añorando los increíbles platos que probó durante su estadía en Hogwarts y lamentó no haber conseguido el puesto de profesor. Dippet resultó un hueso duro de roer, aunque Tom estaba seguro de que Dumbledore había metido su nariz en todo ello. Seguramente le aconsejó al director que no lo tomara para el trabajo. Jamás le agradó a Dumbledore, no sabía a ciencia cierta porqué, ya que al resto de los profesores los tenía comiendo de su mano, pero llegaría el momento en que aquel hombre de anteojos con forma de medialuna y ojos desconfiados se rendiría a sus pies. Todos lo harían. Que importaba no enseñar en el castillo, llegaría el punto en que él sería el dueño de la escuela.
Entre cavilaciones y cucharadas de sopa Tom pasó cerca de dos horas en el comedor. El ambiente comenzó a cambiar a medida que el grupo de apostadores se emborrachaban y miraban con codicia el oro que los duendes habían sacado. Al parecer Belle, la camarera, tendría que quedarse a limpiar el desastre que se armaría.
Él, que no quería quedarse a ver una pelea, dejó un Knut en la mesa y se dispuso a subir. Aferrando el bolso con sus pertenencias cruzó el salón, justo a tiempo para evitar el primer hechizo. Giró sobre sus pies y vio a un duende salir despedido contra una ventana que se rompió provocando una lluvia de vidrios.
Una estampida de personas asustadas que no querían involucrarse se marchó a trompicones. Otros se ocultaron debajo de las mesas, no sin antes sacar sus varitas.
El camarero que estaba detrás de la barra salió con prisa de allí, pidiendo orden.
-¡Basta muchachos! Si siguen peleando no podrán volver a entrar…
Un hechizo aturdidor le dio de lleno en el pecho. La anciana que había atendido primero a Tom empezó a gritar improperios pero sin moverse de su escondite, atrás de una columna. Las otras camareras se esfumaron escaleras arriba, excepto Belle que apareció detrás de Tom.
-Vamos, sube si no quieres salir herido –le aconsejó Belle con aburrimiento, como si estuviera acostumbrada a todo aquello.
Los duendes ajustando sus pequeños puños en señal de advertencia murmuraban improperios en su idioma. Los borrachos ignorándolos los apuntaban con las varitas, pidiéndoles los Galleons. Los más osados lanzaban hechizos de diversos colores que fallaban por varios metros.
Uno de los magos se resbaló de la mesa donde se apoyaba y calló al suelo como una bolsa de papas, la varita disparó un último hechizo que rebotó en el techo y se dirigió al lugar donde Tom se encontraba junto con Belle. La rapidez con la que el joven sacó su propia varita asombro a más de uno, al igual que el poderoso escudo rojizo que hizo aparecer.
-Gracias –dijo ella, sorprendida.
-No lo hice para salvarte a ti –replicó Tom de mal humor, antes de subir a acostarse.
Persistente, la camarera lo siguió contorneando su figura.
-Vamos, tengo que agradecerte tan valiente gesto –insistía ella poniendo voz melosa-. No seas modesto.
Tom, a punto de perder los estribos, abrió la puerta con más fuerza de la necesaria y la cerró sin mirar atrás, conciente que Belle seguía afuera.
El lugar tenía el techo inclinado y un fuerte olor a humedad. La tormenta que había ganado intensidad estallaba contra las dos pequeñas ventanas redondas, mientras que el viento aullaba furioso, colándose por cada resquicio y pequeño hueco que había en la madera. Cuidadosamente dejó el bolso sobre la cama, se quitó el anillo de los Gaunt y el relicario de Slytherin para guardarlos también. Se quedaría un par de noches, hasta que decidiera a dónde iría.
-Se que estás despierto –dijo Belle golpeando la puerta-. Sal, tengo una sorpresa para ti, guapo.
Tom sacó su varita y abrió la puerta, dispuesto a lanzarle una maldición pero se quedó momentáneamente petrificado al verla desnuda.
Belle se había quitado la túnica, que se amontonaba a sus pies, revelando una delgada figura de generoso busto y delicados hombros. Su rostro alargado, poco agraciado, se iluminaba con un ligero rubor en las mejillas y un brillo seductor en los ojos.
-Estoy para lo que quieras, mi salvador –murmuró lasciva.
Una media sonrisa apareció en el rostro de Tom.
-Crucio.
La maldición arrancó un grito desgarrado en Belle. La chica cayó por las escaleras hasta perderse de vista.




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